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«Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos»

Porfirio Díaz, que durante siete mandatos como ocupó el puesto de presidente de México durante los últimos años del siglo XIX y los primeros del siglo XX, es famoso por haber construido un aparato el estado fuerte, así como por algunas de sus citas.

Sin embargo, en la actualidad, la proximidad del país con los Estados Unidos es una bendición para su economía. El esfuerzo de las empresas occidentales por ofrecer suficiente transparencia y fiabilidad con respecto a las cadenas de suministro ha hecho que de forma inevitable consideren sus propios países o países vecinos como alternativas a Asia. México es uno de los grandes beneficiados con el reajuste de las cadenas de suministro, ya que sus costes unitarios de mano de obra son relativamente bajos, su infraestructura de transportes es buena y cuenta con una reserva considerable de trabajadores experimentados en las maquiladoras1, así como en empresas ágiles capaces de adaptarse con rapidez a las necesidades. Esta influencia positiva podría extenderse todavía más. La Oficina de Rendición de Cuentas del Gobierno de Estados Unidos (USGAO) ha elaborado una lista de minerales «críticos» y México es uno de los tres principales proveedores de 14 de estos minerales y cuenta con potencial para ofrecer más, como el litio (fundamental para las baterías de vehículos eléctricos), el bismuto (productos farmacéuticos), el grafito (semiconductores), el plomo y el selenio. Estos tres últimos son especialmente valiosos, ya que pueden sustituir a los suministros de China2.

México acude a las urnas el 2 de junio para elegir nuevo presidente. Mientras el mandato de Andrés Manuel López Obrador llega a su fin, los líderes empresariales locales y los inversores internacionales esperan que el próximo sexenio3 sea más ortodoxo y predecible. Se han inscrito aproximadamente 98 millones de votantes4 y, en la práctica, estas elecciones se consideran un referéndum sobre el legado de López Obrador

López Obrador o AMLO, como se le conoce, es un político de izquierdas al estilo de los setenta. Nunca ha dado prioridad a la economía sobre su campaña para cambiar el modelo de gobernanza del país para pasar del modelo capitalista «neoliberal» y acercarlo más a una economía paternalista y política al estilo de los setenta. Esto ha hecho que el gobierno no haya ayudado ni alentado a las empresas extranjeras que, como parte del reajuste de su cadena de suministro, se han comprometido a invertir en México. Ha sido explícitamente hostil con las empresas extranjeras del sector energético, compañías potentes como Iberdrola5 y Vulcan Materials6, expropió una planta de hidrógeno a Air Liquide7 para entregarla a la petrolera estatal Pemex, se hizo con tierras para su proyecto insignia del tren maya y debilitó la comisión electoral. Sin embargo, entre 2019 y 2022, la inversión extranjera directa (IED) japonesa ha ascendido a 1.400 millones de USD; la procedente de la Unión Europea alcanzó los 14.000 millones de EUR y las empresas estadounidenses invirtieron 35.000 millones de USD. Estos flujos, y el fuerte crecimiento en los Estados Unidos, han contribuido a mantener en marcha la economía mexicana y su moneda fuerte.

La empresa petrolera nacional, Pemex, constituye el eje del proyecto de AMLO. La compañía cuenta con una prolongada y lamentable trayectoria de gestión con fines políticos, lo que da lugar a sindicatos poderosos, un historial operativo deficiente, flujos de efectivo libre negativos y una montaña de deuda (106.000 millones de USD8). Durante el mandato de AMLO, la compañía recibió reducciones fiscales por valor de 29.000 millones de USD e inyecciones de efectivo por valor de 67.000 millones de USD9. En 2023, su producción media fue de 1,5 millones de barriles al día y sus refinerías operaron al 48 % de capacidad. A muchos inversores les preocupa que suponga un lastre cada vez más importante para el país, sobre todo tras una serie de rebajas de su calificación y una perspectiva negativa por parte de Moody’s10.

El último dato de inflación fue superior a las expectativas, con una tasa anual del 4,63 %, lo que enturbia las expectativas de que el banco central rebaje los tipos, al menos en el corto plazo.

Es probable que el generoso gasto social durante el período preelectoral sitúe el déficit presupuestario al 5%11 del producto interior bruto para este año, lo que someterá la próxima administración a una presión adicional. Se dio prioridad a las pensiones, a costa de los presupuestos de salud, educación y seguridad civil. Creemos que, si no se controla el déficit, existe una posibilidad real de rebaja de su calificación por parte de las agencias de calificación.

Para los mexicanos, el punto débil de AMLO es su deficiente historial de mejora de la seguridad. Su mandato arrancó con el famoso lema «abrazos, no balazos», pero en este tiempo los homicidios han alcanzado su máximo histórico. El año pasado hubo más de 42.000 homicidios12, lo que equivale a 117 al día. Su respuesta ha consistido en militarizar la seguridad, dando a las fuerzas armadas el control de una amplia y rentable serie de actividades, entre las que se incluyen el servicio de aduanas, ferrocarriles, puertos, aeropuertos y todo el espacio aéreo mexicano. Revertirlo en el futuro será complicado y esto supone que los militares podrían convertirse en una potencia política y económica, como sucede en Egipto o Pakistán.

La candidata de AMLO, Claudia Sheinbaum, lidera las últimas encuestas con un 51,4 % de intención de voto13. Se espera que ofrezca continuidad política, aunque los líderes empresariales prevén menos confrontación, al igual que los inversores extranjeros y el Departamento de Estado de los Estados Unidos. Sus grandes desafíos serán diseñar una reducción en el déficit en su primer año para evitar la rebaja de las calificaciones, lidiar con el rompecabezas de Pemex y, por último, manejar a AMLO, que puede que no se retire elegantemente al campo.

A fin de aliviar las restricciones de financiación, esperará que los tipos de interés bajen y se reduzca el gasto en los emblemáticos proyectos de infraestructuras de AMLO. Prevé mantener medidas de austeridad, al tiempo que considera el papel de las asociaciones público-privadas para financiar la transición hacia las energías verdes. Apoya una mayor inversión extranjera directa (IED). Es probable que la reforma fiscal sea fragmentaria, Pemex no se reestructure y la situación de seguridad no mejore. Su corte tecnócrata implica que el apoyo del partido no es incondicional y puede que no se muestre tan neutral en asuntos exteriores como lo ha sido AMLO.

Puede que los inversores internacionales prefieran una victoria de la principal candidata de la oposición, Xóchitl Gálvez, considerada mucho más ortodoxa en lo que a política económica se refiere. Fomentaría la inversión del sector privado en general y en particular en el sector energético, poniendo fin al favoritismo mostrado por las empresas del sector público durante esta administración. Sin embargo, las encuestas indican que va muy por detrás y, salvo sorpresas, parece que tanto los inversores en carteras como los inversores directos en México podrían tener que conformarse con una «salida al paso». Con independencia de quién gane las elecciones, el país puede beneficiarse de las oportunidades de deslocalización cercana y las enormes carencias en infraestructuras para atraer inversión privada.

El difunto Porfirio Díaz no podría haber imaginado que es precisamente la proximidad de su país con los Estados Unidos lo que anula las inquietudes de los inversores e impulsa el crecimiento económico del pueblo mexicano.



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